El herejeEl hereje by Miguel Delibes
My rating: 5 of 5 stars

Tuve miedo de que una segunda lectura me decepcionara, pero no ha sido así. Lo he disfrutado todavía más. Me parece una obra redonda, magistral, profundamente humanista, un alegato contra la intolerancia y el fanatismo. No se le puede poner ninguna pega, su ambientación histórica es excelente, la descripción psicológica de tan variados personajes está más que conseguida… El uso del lenguaje en una novela que quiere recrear el siglo XVI, es delicioso… sin que parezca que a Delibes le suponga ningún esfuerzo.

Con su lectura nos acercamos a la Castilla del siglo XVI, a la mentalidad de la época, la vida cotidiana, sociedad, economía, y sobre todo, la religión, que vive momentos convulsos cuando el poder político y el religioso se alían para evitar que lleguen las nuevas ideas de la reforma protestante que vienen de Europa. Y en esa alianza, se mostrarán implacables.

Las páginas finales, que describen el auto de fe, son realmente excepcionales. Valladolid se convierte en una fiesta, un hervidero de gentes llegadas de todas partes, puestecillos de dulces, mercadillos, nadie se quiere perder los gritos de quienes van a arder en la hoguera. Poco antes, hemos visto como la multitud les insulta, apedrea e intenta lincharlos.

Los doctores se afanan en mantener con vida a uno de los acusados: "Había que evitar quemar a un muerto por respeto a los espectadores."

Cipriano, se mantiene íntegro y muere tal vez feliz porque ha conseguido, a pesar de la tortura, ser fiel a su fe y su conciencia, y además ha vuelvo a ver a su nodriza. "Donde te metiste Mina, que no pude encontrarte."

Y una pequeña anécdota: El médico que atiende a la madare de Cipriano, una eminencia médica de la época le hace la prueba del ajo ante sus dificultades para quedarse embarazada. Sus vías estaban abiertas a concebir, dice, pues su aliento olía al ajo introducido en la vagina el día antes.

Los esclavos moriscos eran una vulgaridad y los mozambiqueños una exquisitez.

Termino con unas citas:
(...) Un día, todavía en Navarra, un pueblo bien organizado atacó con piedras a los presos. Eran hombres y mozos armados con hondas que surgían de las bocacalles y los apedreaban, sin compasión. Los cuatro oficiales les perseguían a caballo, pero, tan pronto desaparecían, otro grupo surgía en la encrucijada siguiente con nuevos bríos y pedruscos de mayor tamaño. (...) Las mujeres arrojaban desde los balcones herradas de agua hirviendo y llamaban cabrones, herejes hijos de puta a los presos. (...) Entonces el vecindario empezó a vocear: ¡Quemarlos aquí! ¡Quemarlos aquí!, cercándoles en la plaza de tal modo que los soldados tuvieron que disparar de nuevo sus arcabuces. (...)
En otra ocasión, próximos a Saldaña de Burgos, los mozos prendieron fuego al pajar donde dormían. Un arcabucero dio la voz de alarma y gracias a él pudieron salir indemnes. Pero, en derredor, y a lo largo del camino, se quemaban peleles de paja y, a la luz de las pacas incendiadas, penduleaban los espantajos colgados de las ramas de los olmos. El pueblo enardecido exigía el auto de fe, los calificaba de luteranos, leprosos, hijos de Satanás (...)

Sonreía Cipriano para aliviar la tirantez de la conversación, para dar a su tío la sensación de que la noticia no le había sorprendido, ni le asustaba; de que no esperaba otra cosa (...)
- Esta noche os visitará un confesor y mañana, en el auto, aún tendréis la oportunidad de cambiar vuestra suerte: la hoguera por el garrote. ¡Ah, otra cosa!, los restos de doña Leonor de vivero serán desenterrados y el solar de su casa sembrado de sal para escarmiento de las generaciones futuras. (...) Algún día, -musitó a su oído- estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo. Pide por mí, hijo mío”.

"Fuera ya de la Puerta del Campo, la concurrencia era aún mayor pero la extensión del campo abierto permitía una circulación más fluida. Entremezclados con el pueblo se veían carruajes lujosos, mulas enjaezadas portando matrimonios artesanos y hasta una dama oronda, con sombrero de plumas y rebocinos de oro, que arreaba a su borrico para mantenerse a la altura de los reos y poder insultarlos. Mas a medida que éstos iban llegado al Campo crecían la expectación y el alboroto. El gran broche final de la fiesta se aproximaba. Damas y mujeres del pueblo, hombres con niños de pocos años al hombro, cabalgaduras y hasta carruajes tomaban posiciones, se desplazaban de palo a palo, preguntando quién era su titular, entretenían los minutos de espera en las casetas de baratijas, el tiro al pimpampum o la pesca del barbo. Otros se habían estacionado hacía rato ante los postes y defendían sus puestos con uñas y dientes. En cualquier caso el humo de freír churros y buñuelos se difundía por el quemadero mientras los asnos iban llegando”



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