Narrar el abismo: Periodismo de conflictos en tiempos de impunidad by Patricia SimónMy rating: 5 of 5 stars
Sobresaliente. Tanto por lo que cuenta, por cómo lo cuenta.
Citas:
"Y ese es siempre el objetivo de los perpetradores: que normalicemos sus actos; que, de tanto repetirlos se conviertan en costumbre para que dejen de indignarnos, para que los aceptemos como la lógica de ese contexto, para que los interpretemos como el destino natural de esa comunidad; gente nacida para morir, para ser asesinada. Y la forma más eficaz de conseguir que las sociedades sean capaces de convivir con tanta crueldad es deshumanizar al colectivo afectado, reducirlo a "los otros", cuerpos y almas de valor inferior, las vidas que no merecen ser lloradas, en palabras de la filósofa Judith Butler. Así es como el estado de Israel ha convencido a la mayor parte de su ciudadanía, mediante décadas de exterminio y ocupación, de que el destino natural de los "animales humanos" palestinos -como los han llamado ministros y periodistas sionistas- es el de morir a manos de su Ejército, de que su muerte no solo no merece ser llorada, sino que ha de ser celebrada, porque son enemigos a batir.” P. 28
"Mientras se producía el genocidio, … el gobierno de Netanyahu prohibió el acceso de los periodistas internacionales y fueron los periodistas de Gaza los que informaron y dieron pruebas del exterminio de sus familiares y vecinos. Pero mientras tanto, ellos mismos eran ejecutados, uno tras otro, a veces junto a sus seres queridos…
Las tropas de ocupación los asesinaban sistemáticamente para impedir que siguieran recopilando pruebas de sus delitos, pero, sobre todo, que con su trabajo siguieran recordándole al mundo que sus víctimas eran seres humanos y no terroristas ni enemigos neutralizados ni objetivos abatidos."
Cuenta la periodista cómo en la frontera del Chad entrevistaron a gentes que huían de la guerra de Sudán. El 90 % eran mujeres, niñas y niños. Y cuando les decían que eran periodistas y que no eran oenegés ni tampoco podían darles ayuda o mejorar su situación, "insistían en quedarse en la cola para contar las atrocidades que les habían ocurrido, porque los humanos necesitamos contar, explicar y ser escuchados como terapia." P. 34. (Eso ocurría a la vez que el Genocidio en Gaza.)
"A partir de entonces, cuánto más se alargue el conflicto, más se asentará la idea de que sus víctimas son seres condenados al hambre y a la guerra, que los sudaneses se mueren por miles periódicamente, como si se tratase de un fenómeno natural, inevitable, ya sea por hambrunas o por machetazos. Y, de fondo, lo que pesa tanto que no necesita ser verbalizado: la concepción racista, estructural, que domina la visión del mundo occidental, esto es, los sudaneses -como todos los africanos, los árabes, los sudamericanos, los asiáticos, "los otros" del Sur global, en definitiva, los "bárbaros", los "subhumanos"- no saben no matarse, no morirse de hambre ni vivir en democracia porque no están, no son, no han sido correctamente civilizados. Ese es el marco de interpretación dominante en las sociedades estadounidenses y europeas; ese el subtexto desde el que, a menudo, se leen, se ven y se escuchan nuestras crónicas. Y los periodistas occidentales debemos tenerlo presente, para que nuestro trabajo diga lo que realmente escribimos o decimos, para que nuestras palabras desmonten incluso las falsedades que en absoluto incluimos y que, sin embargo, la ideología colonial dominante de nuestra sociedad, añadirá, como una pátina inconsciente, a nuestras crónicas." Págs. 43-44
"Las palabras alimentan la guerra, pero no bastan para representar lo inefable, para trasladar el abismo que habita en quien ha visto morir a sus criaturas, decapitar a su pareja, quemar vivos a sus vecinos. Por eso, el rigor en la narrativa de la guerra se acerca más a la pintura impresionista que a la fotografía realista: además de narrar los hechos con veracidad y precisión, tiene que hacer visible la atmósfera que lo envuelve todo; una conciencia íntima pero colectiva de que lo único importante es, sea como sea, frenar la conflagración, el río de muertes, el tornado de devastación. Y eso es el llamado periodismo de paz: alumbrar los factores, las dinámicas y las prácticas que favorecieron la adopción de la violencia como mecanismo para resolver los conflictos y cuáles son las vías para iniciar el diálogo, el debate, la negociación, los consensos que permitan acabar con ella; mostrar el cartón piedra en el que se basa el relato épico y desterrar el monopolio del sufrimiento que experimenta una de las partes; explicar cómo opera el poder antes, durante y después de la guerra, y también como el poder y la violencia transforman a las personas; traducir el lenguaje de la guerra a los hechos, los discursos a los objetivos y la estrategia militar a su coste en vidas, en recursos, en futuro." P. 98.
"Marina no entendía qué interés podía tener en ella, por qué había decidido destinar mi tiempo a conocerla. Le expliqué, gracias a la traducción de María, que la generosidad y la hospitalidad de personas como ella me permitían lo más difícil de la guerra: ver más allá de las armas, sumergirme en la cotidianidad de las tinieblas.
Narrar el abismo duele, desorienta y a veces quiebra. Pero, sobre todo, nos permite estar en contacto con la vida en su expresión más extrema, más ruda, más entregada y más desprovista de impostura. Y también nos regala una familia extensa de personas con las que compartimos experiencias y memorias que nos definirán íntimamente y que en muy raras ocasiones verbalizaremos: supervivientes de conflictos, activistas y defensores de los derechos humanos, cooperantes y periodistas a los que les debemos un conocimiento más crudo, impío y fibroso de la condición humana. Y en algunos casos, seguir vivas, seguir vivos. Gente que ama demasiado la vida, que ha constatado su fragilidad y su pujanza; hombres y mujeres gozosos, divertidos, generosos, apasionados y apasionantes que se entregan a la defensa del bien común porque creen salvajemente que todo el mundo debería tener la oportunidad de experimentar la existencia así, adrede, conscientes de que solo tenemos una y de quería debería sabernos a poco." P. 103.
" Y, desde luego, el periodismo es también la memoria de que, tras la tragedia, suelen llegar periodos en los que una imaginación cívica se pone al servicio de la concordia y el bien común. (...) Igual que tener presente la muerte puede ser un acicate para no dar la vida por sentada, adentrarnos en los abismos en los que nos hemos sumergido como especie nos ayuda a recordar que fueron la cooperación y la solidaridad las que nos permitieron sobrevivir y volver a desear vivir. Y esa es la función del periodismo de guerra: recoger las pruebas para que nadie jamás pueda decir que no lo sabía o que no ocurrió; ofrecer a las víctimas la oportunidad de poner palabras a lo que jamás debieron vivir y un canal por el que qué dejar transcurrir el caudal de su dolor; así como diseccionar los mecanismos que conducen a la barbarie para alumbrar las claves con las que evitarla, frenarla y avanzar en los procesos de verdad, justicia y reparación. Porque el periodismo ha de ser intencional, tener un propósito, un objetivo. Y no hay ninguno más apremiante, crucial, ni ético, que la paz. Tampoco más molesto: pone demasiados intereses en peligro y en ciernes el -injusto- orden mundial. Precisamente por ello, no puede haber un buen periodismo de guerra que no persiga con valentía, paciencia y anhelo, la paz (...) 105-106.
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